La presencia de la Orden del Temple en el Reino de Aragón y, por extensión, en los territorios de la Corona de Aragón, constituye una de las páginas más significativas y estratégicamente relevantes de su historia medieval.
Fundada oficialmente en 1120 con la aprobación papal en el Concilio de Troyes en 1129, la orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, conocidos popularmente como templarios, nació con el propósito fundamental de proteger a los peregrinos cristianos en Tierra Santa. Sin embargo, su estructura militar y religiosa, junto con la concesión de privilegios y donaciones, les permitió forjar un poder considerable que trascendió las fronteras de Oriente, extendiéndose por toda Europa, y de forma muy particular en la Península Ibérica. Aragón no fue una excepción, y su arraigo en este reino peninsular se dio en un contexto de intensa actividad reconquistadora y consolidación territorial.