Orígenes e influencias: Un crisol de lenguas e historias
El aragonés, como el resto de las lenguas romances peninsulares, hunde sus raíces en el latín vulgar hablado en la antigua provincia romana de la Tarraconense. Sin embargo, su evolución estuvo marcada por un conjunto de factores geográficos, históricos y sociales únicos. La romanización en el Pirineo Central y el curso alto del Ebro, donde el latín se implantó en un sustrato vascoide, configuró unas bases lingüísticas específicas. La orografía aisló estas zonas, permitiendo que el latín evolucionara de forma diferenciada respecto a las zonas llanas, más expuestas a influencias externas.
Con la llegada de los visigodos, la influencia germánica fue relativamente menor en esta región montañosa, pero la invasión musulmana del siglo VIII sí dejó una huella significativa. Durante siglos, el territorio que conformaría el Reino de Aragón fue una tierra de frontera, de convivencia –no siempre pacífica– y, por tanto, de intenso contacto lingüístico. El árabe dejó un considerable léxico en el aragonés, especialmente en topónimos, vocabulario agrícola y de administración. Ciudades como Teruel, fundada en 1171, fueron crisoles donde estas influencias se mezclaron, como se puede apreciar en narraciones como la Leyenda del tesoro de los Banu Razin.
También es fundamental la influencia del mozárabe, el romance hablado por los cristianos bajo dominio musulmán. A medida que avanzaba la Reconquista, el aragonés se fue extendiendo hacia el sur, absorbiendo elementos mozárabes y consolidando su personalidad. Esta expansión fue especialmente relevante en el siglo XII, con la incorporación de territorios como Zaragoza y Teruel a la Corona de Aragón. Es en este periodo cuando el aragonés empieza a perfilarse como una lengua con identidad propia y con una creciente producción documental. El contacto continuo con el occitano, especialmente, a través del Camino de Santiago y el Pirineo, también dejó su impronta, dotando al aragonés de ciertos rasgos comunes con las lenguas de Oc.
Durante los siglos posteriores, la expansión de la Corona de Aragón por el Mediterráneo, aunque benefició al catalán como lengua de comercio marítimo, también propició la difusión y el prestigio del aragonés en el ámbito continental y en las nuevas conquistas. La presencia de los almogávares, procedentes de las montañas y que hablaban una variante del aragonés, en las expediciones por el Mediterráneo oriental, aunque no dejó textos escritos en aragonés de sus hazañas, sí que contribuyó a su presencia más allá de las fronteras peninsulares.