La figura de Bernat de Rocafort emerge de las brumas del siglo XIV como un torbellino de ambición, valentía y brutalidad, un nombre indisolublemente unido a la epopeya de los almogávares. Estos mercenarios de la Corona de Aragón, curtidos en la brega fronteriza contra al-Ándalus y en la conquista de Sicilia, se forjaron una reputación temible por su ferocidad y sus tácticas de combate sin igual. Rocafort no fue un almogávar más; fue uno de sus caudillos más carismáticos y, a la vez, controvertidos, capaz de liderar a miles de hombres en una aventura sin precedentes que los llevaría a desafiar al todopoderoso Imperio Bizantino.
Su historia es un relato de audacia desmedida, de lealtades cambiantes y de una ambición que, finalmente, lo consumiría. En las crónicas de la época, su nombre se evoca con una mezcla de admiración y temor, un testimonio de la huella imborrable que dejó en los Balcanes. Para comprender a Bernat de Rocafort, debemos sumergirnos en el convulso mundo mediterráneo de la Baja Edad Media, una época de imperios en declive y de nuevas potencias emergentes, donde la fortuna se labraba con la punta de la espada y la astucia militar. Aquí, entre el fragor de la batalla y las intrigas palaciegas, se forjó el destino de este capitán almogávar, cuyo eco resuena aún hoy como símbolo de una era de expansión y conflicto.