En el Teruel del medievo, la vida no se medía por relojes o agendas, sino por el inmutable latido del calendario litúrgico. Cada día, cada estación, cada mes, estaba imbuido de un propósito sagrado, de una conmemoración que tejía el tapiz de la existencia individual y comunitaria. Desde el repicar de las campanas de la Iglesia de Santa María de Mediavilla (futura Catedral) al amanecer hasta las procesiones que marcaban los ciclos agrícolas, la fe no era solo una cuestión de credo, sino el andamiaje sobre el que se erigía toda la sociedad turolense. Era un tiempo en el que lo divino y lo terrenal se entrelazaban de manera inseparable, definiendo el trabajo, el ocio, las relaciones sociales y hasta la misma identidad de sus habitantes. Los ecos de este tiempo, incluso hoy, resuenan en las calles y costumbres de la ciudad, recordándonos su profunda huella.
Adentrarse en el estudio del año litúrgico en Teruel medieval es sumergirse en la esencia de una época. Es comprender cómo las festividades religiosas no eran meros días de asueto, sino hitos cruciales que estructuraban el año económico, social y emocional. La fundación de Teruel en 1171, como ciudad de frontera, bajo el auspicio de Alfonso II de Aragón y el fervor de la Reconquista, imbuyó a sus habitantes de una piedad militante que se manifestaba en cada aspecto de su día a día. La vida para los pobladores de Teruel medieval: fundación y ciudad de frontera era una constante preparación para la vida eterna, y el calendario litúrgico, con sus ayunos, sus fiestas y sus celebraciones, era el camino señalado para alcanzarla.